MASCARÓ CINE AMERICANO
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FABIANI NO ES BUFANO (Marcelo Conti)En respuesta a la nota publicada en el diario El Argentino del 06/12/2010 “El acusado del secuestro de Haroldo Conti trabaja en la Barrick Gold” donde se afirma que el represor Ruben Osvaldo Bufano miembro del batallón inteligencia 601 sería también Hector Fabiani, desaparecido junto con Haroldo Conti, actuando Bufano como infiltrado o doble agente versión tomada del informe de la Conadep, legajo 77, referido al secuestro de mi padre y basado en declaraciones hechas por el que suscribe y mi hermana a la justicia teniendo como única referencia una fotocopia de mala calidad de una foto de Bufano cuando fuera detenido en 1982 en Suiza por secuestros extorsivos de empresarios llevados a cabo por miembros del aparato represivo de la dictadura con fines de lucro personal.
Justamente cuando se hizo dicho juzgamiento vimos las fotos de Bufano donde claramente quedó demostrado que Fabiani no es Bufano (ver fotos).
Nunca imaginamos que esa primera declaración iba a quedar plasmada en el “Nunca Más”, la solicitud a los responsables de la edición de este libro de aclarar el punto nunca fue tomada en cuenta, como lo testimonia la carta enviada por mi hermana Alejandra Conti al por entonces subsecretario de Derechos Humanos Eduardo Rabossi.
Hector Fabiani para nosotros el Gordo, Chiche para sus seres queridos, y el Moncho o Andrés para otros compañeros fue el responsable político de mi padre en el frente cultural de PRT. Compartí muchos momentos con él de los cuales tengo recuerdos memorables y gratitud por su ayuda. Hector fue además dramaturgo, actor, como queda afirmado por los testimonos que adjuntamos a la nota.
Solicitamos que se difunda la verdad sobre este compañero para tratar de subsanar el involuntario error de haberlo confundido, en un primer momento con alguien tan deplorable.
Marcelo Conti
Semblanzas - Escriben los compañeros y familiares de HéctorTio Chiche (Renzo Fabiani)
Empiezo el dialogo con papá, café mediante, en un bar que frecuento, para revitalizar la memoria y que no quede sólo en el recuerdo. Un día me lo pidió un amigo querido, el Negro Hector Grillo, también de profesión teatrero, que escribiéramos sobre mi tío, pero se le calló el corazón un domingo, de aquella semana en que daríamos comienzo. Compartían el mismo nombre, los dos son parte latente de mi historia y elijo llamarlos maestros.
Tio Chiche (Hector) nació el 1-6- 1943 en Bahia Blanca, provincia de Buenos Aires
Fue un defensor a ultranza de los pobres. ‘’Tenía un corazón enorme’’, balbucea su hermano, mi viejo. Muy solidario y comprometido, dicen aquellos que no sólo lo recuerdan sino también lo nombran
Vivió casi un año con una tía que profesaba amor y compromiso por quienes mas necesitan y supo aprender los valores que le cedieron dos abnegados laburantes: mis abuelos.
En Bahia Blanca siempre estuvo relacionado con la gente de teatro e hizo allí, sus primeros aprendizajes en esta amada actividad. Se recibió de escenógrafo en Buenos Aires y se desempeñó airadamente en esa actividad, en Córdoba y en el exterior.
A la provincia mencionada llegó en 1968, a la ciudad de Rio IV. Mis padres habían residido allí unos años, como lo confirma, en diciembre de 1966, mi nacimiento. Llega con sus padres y hermano menor. Expone su arte de diseño espacial, tanto en la actividad teatral como en la decoración de interiores y con su familia crea la heladería Polichinela, que se convirtió en un hito de la ciudad.
Allí, mi padre (por traslado laboral pasamos a residir en la ciudad de Córdoba) pierde contacto fluído con Chiche, hasta el momento en que este cae preso, en noviembre de 1970, en Buenos Aires. Lo quisieron detener en Rio IV pero como no lo encontraron, los miembros de la policía federal encargados de tal operativo, amenazaron a su hermano Roberto. Lo buscaban porque a un compañero de Chiche, posiblemente ligado a alguna agrupación política, le habían encontrado una agenda donde figuraba el nombre de mi tío, lo cual generó su persecución. Lo detuvieron en la calle Pacheco de Melo, en el centro de la ciudad capital. De allí lo trasladaron a la cárcel de Villa Devoto, junto a otros presos políticos, donde permaneció ocho meses. En el mes de mayo de 1971, mis padres pudieron verlo, cuando obtuvo la libertad condicionada. Le obligaron a emigrar a un país no limítrofe. Se fue a Perú y se encontró allí con los miembros del grupo Libre Teatro Libre de la ciudad de córdoba, en un cine, durante el intervalo.
Antes de ser apresado ya formaba parte del ERP, en lógistica. ‘’Se encargó del secuestro de un camión de leche que trasladaron a un barrio pobre’’, me cuenta mi viejo.
En Perú, con los LTL ejerció, en un primer momento el rol de productor, adelantandose a ellos para hacer gestiones en los teatros donde podían ser factibles las presentaciones.
Hicieron Perú, Ecuador y Colombia. En este pais de desempeñó como actor.
Regresaron a Chile, de allí clandestinamente a Argentina y nuevamente a Chile, cuando se produce el derrocamiento de Salvador Allende. En ese momento unos amigos argentinos lo escondieron en un sótano por varios días y luego lo llevaron hasta la embajada sueca, que le dio la posibilidad de trasladarse a Europa. Tomó contacto con las agrupaciones de izquierda y recorrió Belgica, Alemania, Francia e Italia. En este país estuvo poco menos de un mes y nuevamente, con pasaporte falso, regresó a Argentina, ejerciendo el cargo de encargado de cultura del ERP. Residió en la ciudad de Buenos Aires, escondiéndose en distintos lugares, pero se traslada a Córdoba y tiene una última conversación con cada uno de sus hermanos entre octubre y noviembre de 1975.
Allí fue la última vez que yo lo vi, una noche, cuando mi papá abrió la puerta de calle y se abrazaron, cuando cenamos y permanecieron conversando.
Hace pocos años un compañero de teatro (Lindor Bressan), que formó parte de esa gira por Latinoamérica, se me presentó y me habló de Chiche, de que fue él quien le consiguió un pasaporte que le permitió irse del país con su mujer embarazada y salvaron, por eso, sus vidas.
Tío Chiche fue apresado en mayo de 1976, junto al escritor Haroldo Conti, en Buenos Aires. En el Vesubio, la tortura, selló su último suspiro...
Y por eso… de Renzo Fabiani
Es 24 de marzo de 1976… y por eso…la tenia saginata
Es de noche, suena el timbre. Mi viejo abre la puerta. El abrazo se hace intenso, lloran, él y su hermano lloran. Esa imagen queda en mí. Una charla, él explica no se que. Había estado en otras partes, había vuelto. Recordaba en ese momento que una vez me ayudó a cruzar la calle y una torta que había hecho.
Se fue esa misma noche, diciembre, 75.
Y el silencio, el duelo, el miedo, las palabras prohibidas y el teatro latente. Ante la pregunta de niño, el consuelo en susurro: ‘’por ahí está en un lugar muy lejos, en el extranjero’’. Y su mamá, la abuela, con el saber de las vísceras muere así, de porfiada, para encontrarlo donde sea.
Me fui enterando de algunas cosas, de a poco, que fue encargado de cultura, que estuvo de giras teatrales obligadas por otros países, de un compañero que se me presentó y me dijo que salvó por él su vida y la de su mujer embarazada y también de que alguien lo vio hospedado allí, en la inimaginable, en ese campo circundado ahora por tanta soja, en La Perla.
A mí me gustaba mucho el Héctor, su sentido del humor,
su inteligencia, lo recuerdo solar, cómplice, dulce, cariñoso. Apareció durante nuestra legendaria gira latinoamericana y encajó perfectamente con nosotros justamente porque siempre andaba con ganas de reírse de todo, inclusive de las cosas sagradas y serias de la revolución en la que tanto creíamos. Después lo perdimos de vista y nos volvimos a cruzar cuando ya las papas quemaban así que fue por poco y de prisa. Pero incluso así hubo tiempo para más chanzas bien kitsch y bien camp. Y después pasó lo que pasó. En mi memoria lo quiero mucho. Y le dedico una plegaria secreta por su hermosa diversidad, y para que en la eternidad siga siendo gozoso y divertido como siempre. Pepe Pepe Robledo
Coincidencias (Roberto Videla)
El fin del camino
Soy actor, soy director, enseño teatro. A lo largo de los años se me fue construyendo algo así como un método y un modo de decir, de acercarme a los textos. Se dice de mí que digo bien, que qué bien, que hay algo así como técnica y verdad. Mi voz sigue sin gustarme, cuando la escucho grabada. Imprecisa, adolescente, adolece justamente de lo que se me elogia: le falta técnica y le falta verdad. Me llaman para leer -junto a otros actores
y en un acto especial- un libro sobre escritores desaparecidos en la dictadura militar. La señora que me llama me propone vernos en un café. Me dará el libro, el acto es la semana siguiente. Nos encontramos, ella es fuerte y frágil. Me dice que puedo elegir de quién y qué fragmento leer. Miro el índice. Hay textos de gente muy famosa –Haroldo Conti, Rodolfo Walsh- y de gente muy desconocida: este libro trata de abarcar tanto a quienes publicaron en vida como a quienes nollegaron nunca a hacerlo y sus amigos recopilaron y regalaron sus escritos. Elijo a Haroldo Conti. Era amigo nuestro, amigo de mi grupo de teatro, el Libre Teatro Libre. Había estado en mi casa en Córdoba comiendo un asado a fines del 74, había ido a ver una función de una obra nuestra, había escrito sobre nosotros en la revista Crisis, el artículo se llama La Hermosa Gente al Final del Camino. A Conti lo secuestraron en 1976 junto a un gran amigo nuestro, Héctor Fabiani, un amigo lleno de humor y de luz, que estaba escondido en su casa cuando allanaron. Los mataron a los dos y la muerte -luego se supo- fue tan brutal que es difícil de contar. En el café, delante de la señora que me da el libro, busco el fragmento de Conti que leeré. Es una carta. Comienza: “Roberto, hermano:…”. Me sobresalto. Yo me llamo Roberto. No es para mí, claro, es para Roberto Fernández Retamar, de Cuba. Haroldo le anuncia, inexorable ya en 1976, que se cree caerán 30.000, lo que me parece terrible: tanta anticipación y una especie de resignación desafiante. No puedo creer que ya se supiera todo lo que pasaría. Y luego dice que en su casa estuvo refugiado unos días un compañero del Libre Teatro Libre de Córdoba, huyendo…No soy yo, es otro de mi grupo, Lindor, que luego escapó con vida.
La coincidencia me asusta y emociona. Sí, leeré esa carta en la presentación del libro. Aunque tal vez no pueda hacerlo, tal vez la emoción me ahogue, tal vez mi voz sea sólo verdad ahogada. Sin embargo, estoy confundido, alterado. Tantos fueron a la muerte. ¿Cuántos sabían cuántos morirían? ¿No se podían cambiar las predicciones? Esa larga fila imaginaria de gente que esperaba sin saber su destino no sabía que estaba en la fila de la muerte. Nadie les avisó. Pero descubro que algunos estaban al tanto. Delante de quien me dio el libro sigo leyendo. Hay una breve semblanza de cada escritor. De Conti, entre otras cosas, se dice que fue secuestrado junto a un “amigo”, así entre comillas, que estaba escondido en su casa. Nuestro amigo Héctor. A quien la esposa de Conti sobreviviente -dice después el texto- había reconocido años después como un torturador y un entregador: era quien habría delatado a Haroldo. Lo había reconocido a través de unas pésimas fotocopias de fotografías de torturadores aparecidas en un diario suizo. Otro sobresalto: de tristeza, de miedo, de dolor. Sé que no es cierto, que no puede ser cierto. Pero ahí está, esculpida para siempre en un libro, impresa en la historia, la mentira, la verdad aparente. Porque no es cierto. Escribo a mis compañeros dispersos por el mundo. Vamos reconstruyendo el error. Estamos seguros de que no pasó eso. Y para comprobarlo sólo basta conocer el dolor y el duelo de la familia de Héctor cuando se enteraron de su muerte. En exilio en Suecia, tanto María Escudero como Oscar Rodríguez y Lindor Bressan, también del LTL, habían intentado hacerle comprender a la esposa de Conti que eso no podía ser cierto. Y le habían exhaustivamente explicado las razones. Parece que ni siquiera se parecían a Héctor esas fotocopias inciertas. Ella, ciega de dolor, no había aceptado nada. Días después, en el acto, la emoción me ahoga, pero puedo leer las palabras de Conti. No digo nada sobre mi amigo acusado injustamente, no es el caso, no es el momento. Es como si la historia, en esos actos, tuviera que correr por carriles más nítidos, escamoteando la verdad. Como si la historia pasara, de nuevo, matando, esta vez por motivos nobles. Luego no escucho las grabaciones, no escucho mi voz. Escribo estas palabras. Quiero que den cuenta, en algún modo, de algo. Junio 05
Lamentable equívoco (Lindor Bresan)
¿Cómo confundirte a vos, Héctor Fabiani, nacido en Río Cuarto, empleado de una heladería familiar, en la que te vanagloriabas de inventar helados, hecho que te llenaban de orgullo, como buen gordito morfón que eras, con un oficial de inteligencia del Batallón 601?.
He tratado de reconstruir este dañoso equívoco, que surgió a partir de una fotocopia distribuida en el exterior con el rostro de un militar, de apellido Bufano, que usaba, al igual que vos, una barba candado, equívoco que circuló y se reprodujo hasta quedar consagrado como verdad en el Nunca Mas, para realizar un acto reparador de tu persona, maravillosa, que eras, que fuiste y que seguirás siendo en la memoria de quienes te conocimos.
Lo cierto es que los esfuerzos que algunos hicimos por desmontar esa falacia, no fueron suficientes. Espero que estas palabras y recuerdos contribuyan para dejar zanjado por fin el asunto.
La última vez que lo vi fue en los primeros días de Enero del 76, llegamos a Buenos Aires, Liliana embarazada de 6 meses de Micaela y yo. El 25 de noviembre había caído nuestra casa en Córdoba y nos llevo todo ese tiempo poder salir de allí. Nuestro contacto en Bs. As. Era Héctor un compañero y amigo entrañable Responsable de Cultura del PRT. Durante los mas de 20 días que estuvimos aquí, fue él, el que nos consiguió donde estar. No fueron pocos, recuerdo por lo menos tres o cuatro lugares donde estuvimos, la situación ya estaba complicada no había mucha infraestructura, las casas no eran seguras. A Héctor, siempre preocupado por esa situación, les pareció a él y a otros compañeros, que era mejor que saliéramos del país, cosa que finalmente hicimos. De su desaparición, junto a la de Haroldo Conti me enteré mientras estaba en Bogotá. Desde entonces lo único que me quedó es el recuerdo de lo divertido, simpático, alegre, solidario que era.
Héctor, se había unido al grupo durante en la primera gira que hicimos con el L.T.L., en Chile en el año 71, a donde había llegado tras haber recuperado la libertad tras haber sido encarcelado durante la dictadura de Onganía, y nos acompañó durante toda esa gira.
Recuerdo que María Escudero y él inventaron un juego que repetían como un rito, todas las mañanas, cuando despertábamos en la casa de algún teatrero amigo que nos hospedaba en diferentes pueblos y lugares de la geografía Latinoamericana. Ël o María, y después nos fuimos sumando los demás empezábamos: “Anoche me escribió... Julián Centella o Violeta Rivas, Los Podestá, Libertad Lamarque, Rin Tin Tin o Laura Falcón”, personajes de la farándula, muy conocidos, muertos, pasados de moda o personajes de ficción, todo valía, siempre buscando el absurdo para construir a partir de allí un relato desopilante; que nos podía hacer reír durante todo el día
Ese sentido del humor con el cual nos despertábamos, nos duro mucho tiempo después, incluso, cuando Hector ya no estaba en el grupo, pero cada vez que nos encontrábamos con él, ya sea por razones de militancia o simplemente por amistad, su humor y la alegría de vivir estaba siempre presente. Es por eso que me resultaba inadmisible que alguien lo pudiera confundir con un servicio con nombre y apellido (Bufano) . No por otra cosa, sino porque Hector Fabiani era Hector Fabiani.
En memoria de Héctor Fabiani (Oscar Rodríguez)
No sé si a los que se fueron, allá donde estén, les importa, pero viven en nosotros y reivindicar su memoria es un simple acto de justica.
En 1976 fue secuestrado y asesinado el escritor Haroldo Conti, junto con un amigo que luego se supo era Héctor Fabiani, que había sido compañero nuestro del grupo teatral LTL.
En 1983, estando con otros integrantes en un festival en Estocolmo, se denunció que ese amigo era un entregador, algo que era bastante difícil de creer porque lo conocíamos bien, pero como aquella fue una época con bastante locura y violencia nos decidimos a escucharla. La acusación se basaba en unas fotocopias de un periódico bastante borrosas que mostraba a un policía detenido. No hacía tanto tiempo que habíamos visto a Héctor, y aquel sospechoso, coincidimos, no se le parecía de ninguna manera. No le dimos importancia y nos asombró años después saber que aquella endeble infamia había sido recogida en un libro.
Conocimos a Héctor en 1971 cuando llegó al Teatro Universitario de Lima -donde estábamos alojados- con su gamulán, que era como un emblema de los argentinos, con su rostro bondadoso y enseguida nos cayó bien. Nosotros estábamos haciendo una gira por Latinoamérica, y él se plegó ya que no podía regresar al país.
Hablo en plural porque mi relación con él se dio a través del grupo, aunque mantenía relaciones particulares muy concretas se adaptaba a cada persona. Aquella gira fue un viaje de iniciación, compartíamos paseos, explorábamos lugares, descubríamos cafeterías y pastelerías, andábamos fatal de dinero, pero siempre de buen humor, asistíamos a asambleas y representaciones teatrales, recuerdo que le atraían las ideas revolucionarias que pululaban por esos sitios, aunque reconocía el infantilismo de muchas propuestas. Cuando regresamos al país, él se quedó en Chile, luego del golpe de Pinochet se exilió en Suecia.
Lo volvimos a ver tras la anmistía del 73, nos contaba su experiencia europea, nos dijo algo que ya era evidente, que iba a dedicar su vida a la militancia. En el 76, la represión era brutal, muchos tuvimos que huir del país, los movimientos populares estaban siendo desmantelados, infiltrados, él siguió con su causa, supongo que hasta el último momento. Vergüenza debería darnos, pero no nos da, porque era una lucha imposible.
Oscar Rodríguez. Enero 2011.
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